De la milpa maya en José María Morelos

Ulises ARROYO

JOSE MARIA MORELOS, 22 de junio.- La verdadera riqueza cultural, biológica y productiva

de la milpa maya radica en su diversidad. Por generaciones, este sistema agrícola milenario permitió a las familias de la Zona Maya aprovechar sus parcelas de manera integral, combinando el cultivo del maíz con una amplia gama de hortalizas, hojas verdes, raíces y leguminosas que garantizaban una alimentación autosustentable y equilibrada. Sin embargo, la modernidad y el monocultivo han puesto en jaque este legado.
Armando Puc Chan, ejidatario del Kilómetro 50, forma parte de un grupo de productores que reman contracorriente para mantener viva esta tradición. Para él, la milpa no es un simple pedazo de tierra para sembrar grano, sino un ecosistema productivo completo y complejo que define la identidad de la Península.
En su parcela, don Armando continúa cultivando alimentos tradicionales que durante siglos fueron la base de la dieta comunitaria y que hoy escasean en los mercados locales: Yuca, camote, plátano, chaya y variedades de raíces locales como el macalito, el macal, el macal de guía y el macal de voladora.
“El problema actual es que la milpa tradicional se ha ido reduciendo únicamente a la siembra de maíz. Muchos compañeros siembran sólo el grano y, al momento de cosechar, ya no cuentan con ibes (frijoles blancos locales) u otros productos asociados, porque se ha dejado de ver la milpa como un sistema diverso y se percibe erróneamente como un gasto”, lamentó el productor.
Esta alarmante simplificación agrícola no sólo afecta la nutrición de las familias rurales, sino que empobrece de forma acelerada los suelos. La milpa maya prehispánica dependía precisamente de la asociación de diferentes especies vegetales para fijar nutrientes como el nitrógeno, mantener la humedad de la tierra y repeler plagas de forma natural sin desgastar el entorno.
Ante este panorama de pérdida de agrobiodiversidad, el rescate de la milpa implica una labor titánica de recolección y conservación de semillas autóctonas que están en vías de desaparecer en Quintana Roo, especialmente de leguminosas nativas como los ibes, así como el rescate de saberes sobre tubérculos ancestrales.
Asimismo, los campesinos que defienden este modelo apuestan por la eliminación gradual de los agroquímicos y pesticidas comerciales, regresando a las técnicas de desmonte y mantenimiento manual. El objetivo es obtener cosechas limpias, orgánicas y libres de contaminantes, preservando la esencia de una metodología heredada por línea directa de sus antepasados.