La tanatología Nicolás LIZAMA ¿Se aprende a morir? Unos dicen que sí. Otros en cambio, entre ellos un servidor, aprendemos a vivir a diario y no tenemos tiempo para pensar en que un día tendremos que entregar el alma al Creador.
¿A quién le interesa aprender a morir? ¿No tiene algo de masoquismo eso de prepararse con antelación al momento en que alistemos maletas para encaminarnos hacia el viaje eterno? Yo en lo particular no podría, como lo hacen varios, ir con el distinguido muertero de Chetumal, Juan Xacur y negociar mi propio funeral. El, claro, estaría encantado de hacerlo. Vender por adelantado es uno de los negocios más productivos que existen. Es más, experto en cuestión de ventas -”harbano” al fin-, tiene interesantes “paquetes” para quienes se atreven a planificar hasta su misma muerte. Yo nunca he sido un planificador de nada. El caos me persigue desde que vi la primera luz del mundo. Cuando alguien de buena fe -mi media “naranja”, a veces-, va y acomoda el tiradero que tengo en mi mesa de dibujo, me mete en un verdadero problema. Sé perfectamente cómo buscar las cosas dentro de mi desorden. Cuando desafortunadamente rompen con mi esquema, no encuentro ni el lápiz, ni el borrador, ni a las musas para acabarla de amolar. Cuando este servidor tenga que partir hacia la nada, ojalá y sea al firmamento, creo que tengo algún merecimiento para ello -no soy rico, por ejemplo-, lo haré como la mayoría, dejando hecho un relajo y sin saber para dónde jalar a parientes y amigos. El “volchito” -la máxima propiedad-, seguramente quedará intestado. Las gallinas y mis cinco pavos tendrán que repartírselos a la buena de Dios (“este para mí, este para ti...”). Mi archivo -la egoteca incluida-, será para el primero que la encuentre entre tanto papel que hay por todos lados. En fin, muy ordenado que se diga nunca lo he sido. De ahí que llame mi atención un anuncio a través del cual se ofrece asesoría para prepararse correctamente llegado el momento de la inminente partida. La gente hace negocio de todo. Eso me queda muy claro. “Aprende a vivir y aprenderás a morir”, es un slogan de dicha empresa. “Nadie aprende a vivir si no ha aprendido a morir”, es un proverbio chino que ellos utilizan con singular efectividad. Tanatología se llama al proceso de aprender a morir. Y por lo que he visto y leído, es algo tan natural para algunos, que muchos, al tiempo que cuadran los activos de sus empresas y demás negocios, también cuadran perfectamente su funeral. No sé usted, pero yo no podría prepararme para morir. En mi cabeza no pasa, por el momento -no sé después-, el día en que tuviera que desligarme de este mundo terrenal. No me preparo, por lo tanto, no hago absolutamente nada por ganarme el paraíso. No tengo remedio. Alguien me ha estado mandando mensajes bíblicos desde hace mes y medio y no lo hace con tanta fe porque, de plano, no han tocado mi corazón. Al principio los leía, ya luego opté por borrarlos tal cual me llegan. Me decepcionaron después de que intentaran venderme un paquete de textos de la Biblia bajo el pretexto de que era el Día del Amor y de la Amistad y por lo tanto me harían un descuento especial. La gente hace negocio de todo, me vuelvo a repetir. Claro, tampoco soy lo que se dice un pecador irredento. No voy por esta vida haciéndole la vida imposible a cuanto cristiano tiene la mala fortuna de cruzarse en mi camino. Por el contrario, pongo un peso en la mano del limosnero con regular frecuencia y le doy su propina de cinco pesotes a mi amigo “Rigo” -sé que es poco pero no hay para más-, el esforzado cristiano que vende agua purificada en “Calderitas”. Lo anterior no lo hago precisamente como una forma de ganarme el cielo de un jalón, más bien lo hago porque me sale del corazón. De ahí que tenga la confianza de que llegado el día del juicio final, cuando mi expediente sea checado minuciosamente, alguien haya anotado todos estos detalles de mi vida terrenal. Probablemente ahí se encuentre la diferencia entre irme a las llamas eternas o a la gloria celestial. Yo, al igual que usted quizá, soy un desordenado y nunca voy a cambiar. Sólo espero que llegado el momento final esos pequeños pormenores no terminen echando por la borda los puntos que me han sido otorgados gracias a mi “generosidad”. Lo cierto es que conmigo quebrarían de inmediato las empresas dedicadas a la tanatología. No tengo el mínimo interés en planificar mi partida de este mundo terrenal y por lo tanto, ni de relajo pondría mis pies en alguna oficina de sus oficinas. Viva la vida. De lo demás, llegado el momento, los parientes y amigos se han de encargar. Colis2005@yahoo.com.mx NL.- Chetumal, Q. Roo marzo de 2009 |