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La frontera entre México y Belice, por escasa vigilancia migratoria

Jorge Luis UC RAMIREZ

La falta de una estrategia que permita detectar ilegales y la falta de personal en el Instituto Nacional de Migración, ha permitido que la frontera entre México, Belice y Guatemala sean de fácil acceso para los indocumentados centroamericanos que utilizan el territorio mexicano para llegar a los Estados Unidos de Norteamérica, algunos de ellos se emplean en la temporada de zafra en la Ribera del Río Hondo para posteriormente continuar en busca del sueño americano.

Hace un par de años, los ilegales veían frustrado sus anhelos y eran detenidos por policías estatales fronterizos, ahora los “polleros” aprovechan las oportunidades en esa frontera natural.
Hace unos días José Gabriel Guerra Murcia, de 33 años, originario de Honduras, decidió entregarse a las autoridades policiacas, tras haber sido abandonado por el “pollero” a quien le pagó una fuerte suma de dinero, con la esperanza de llegar a la frontera con Estados Unidos y poder cruzar.
En su caso señaló haber ingresado a territorio mexicano por Belice, hasta llegar a San Francisco Botes, donde fue abandonado, pero decidió llegar a la capital del Estado con el fin de conseguir empleo, pues el “pollero” lo dejó sin un sólo peso, “así como yo, decenas de indocumentados somos víctimas de estas personas, aunque es fácil cruzar a México”, dijo.
Según información proporcionada por fuentes castrenses, de Chetumal a La Unión, última comunidad antes de adentrarse en la franja fronteriza de Campeche con Guatemala, el trayecto puede durar poco más de seis horas; cruzar la geografía ribereña implica un recorrido por comunidades fronterizas que inicia en Juan Sarabia, sigue hasta Pucté, continúa en Botes, Rovirosa, Achiotal y la Unión, donde termina el paso para vehículos.
A lo largo de esta línea que serpentea el río, existen docenas de “puntos ciegos” utilizados por los traficantes, de noche o de madrugada, así como a ciertas horas del día, esta región es el escenario de operaciones de grupos vinculados a la delincuencia organizada, parecería que no pasa nada, pero en la ribera hay asesinatos, tráfico de indocumentados y ciudadanos beliceños que hacen negocio trayendo ilegales.
El Río Hondo tiene un caudal que en época de lluvias puede alcanzar en algunas partes 500 metros de ancho, pero lo normal es que la parte más extensa de orilla a orilla, no mida más de 100 metros, hay zonas que no son tan profundas y que, con cayucos, los habitantes de ambos lados cruzan varias veces al día para comercializar productos.
En ambas orillas del río hay infinidad de veredas, del lado mexicano comunican con la carretera federal 186 que se dirige a Escárcega, Campeche, otras van hacia el Norte de Quintana Roo por la vía 307 que pasa por Felipe Carrillo Puerto y llega a Cancún.
De Pucté salen los patrullajes militares que recorren el Río Hondo, también en las zonas menos pobladas se han asegurado cayucos con indocumentados y armas, cuando los traficantes logran burlar la vigilancia, se apoyan en ese laberinto de veredas y atajos en que se convierten las amplias zonas utilizadas como sembradíos de caña de azúcar que dificultan la visibilidad.
El ejemplo de las redes de traficantes se puede observar en negocios de comida y bebida, las cantinas y marisquerías apostadas en comunidades cercanas al ingenio Alvaro Obregón, como Pucté y Cacao, a simple vista son restaurantes que de noche, se convierten en prostíbulos para atender a la clientela que genera la industria de la caña de azúcar. Hay mujeres y adolescentes, casi niñas, que por su acento al hablar denota su origen de alguno de los países centroamericanos.
Están ahí mientras ahorran, juntan un dinero para seguir hacia los Estados Unidos, estas mujeres se caracterizan porque en su mayoría no interactúan, traen la mirada cabizbaja y no se abren a platicar de sus orígenes con cualquier persona, son constantemente vigiladas por hombres y mujeres quienes siguen con la vista a todo aquel forastero que entra a sus negocios apostados a la orilla del camino.
Hay casos de indocumentadas centroamericanas que han tenido como primera opción de empleo ser servidora doméstica, quienes les daban trabajo lo hacían con muy baja remuneración, lucraban con su necesidad, algunas de ellas buscaron trabajar para intentar ahorrar, otras lograron echar raíces, y el resto siguió su camino.
Vienen, en su mayoría, de El Salvador, Honduras y Nicaragua, son objetos de canje entre las mafias que tienen comprados a los agentes de Migración, que no se acercan por estas comunidades ribereñas, expuso el informante.
Mientras que habitantes de la comunidad fronteriza especificaron que el Instituto Nacional de Migración por falta de estrategias y personal, no realizan su debida función o simplemente se “hacen de la vista gorda”, pues en la garita migratoria establecida a un costado del puente limítrofe, solo atiende a extranjeros que llegan en automóviles o camiones de pasajeros.
Sin embargo existen indocumentados centroamericanos que se mezclan con los ciudadanos mexicanos, para ingresar de Belice a México, pero a pie, quienes no son revisados, ni en la garita migratoria, mucho menos en la Aduana o puesto de control militar, pues la función de éstos, básicamente es el de detectar mercancía, drogas y armamento, respectivamente.
Don Juan Alberto, comentó que hace un par de año cuando la Policía Fronteriza realizaba su labor, “seguido veíamos en los periódicos como detenían a ilegales y polleros, incluso yo vi varias detenciones de polleros e indocumentados, eran policías que conocían muy bien la región y los puntos ciegos, pero todo eso se perdió, ya no existe la misma vigilancia que hace dos años”, dijo.

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